Érase una vez un ya maduro aldeano cántabro, por nombre Cicán de Santil , que habitaba en el valle de Cabuérniga, no lejos de los frondosos bosques de Ucieda. Decía siempre que daba gracias a Dios por pertenecer a una generación que no sufrió la guerra civil española y a la que le evitaron la "guerra civil europea". Tenía mujer y cinco vástagos. Tres varones y dos hembras. Todos ya casados, salvo el menor, que quiso entrar en religión y se hizo jesuita y anda de misión por las Américas. Los otros trabajan en diferentes oficios, con la excepción del primogénito, que ayuda a los padres en el cuidado de los pastos, de las vacas, de sus quesos (¡ah, qué quesos!) y de la huerta.
La suerte de Cicán no era sólo su familia, de la que presumía, ni su casa, con sus balconadas cántabras de madera de castaño y de poblados geranios de todos los colores, ni su entorno de "praos" y bosques, que sugerían faunos, duendes y hadas, ni sus vacas de raza frisona que poblaban por docenas su propiedad, ni los quesos que, con marca "Cicán de Santil" y denominación de origen Cabuérniga, se vendían "ancha y larga España", ni su huerta de cinco "carros"(1), con cuyos ricos productos su mujer, Altaluca, acudía cada lunes al mercado de Mansonia; la suerte de Cicán no era sólo todo eso. Era consciente de que vivía en una región española mimada por el clima y la naturaleza. Pero, sobre todo, sabía que su fortuna estaba en los bosques de Ucieda .
En ellos, al Norte de su propiedad, tenía un manantial. Una fuente rica de la que el agua manaba constante y con fuerza. A borbotones. La "fuentuca - así la llamaba Cicán - es mayor que el cuerpo de un hombre y su alegría mayor que el de una mujer". El manantial alimentaba un rápido arroyo que, tras corta carrera por el bosque, descansaba en un prado formando un suave y grande lago."Altaluca, ¡mira bien nuestra suerte con el agua! ¡menos que el pantano del Ebro, pero es nuestro pantanuco!", decía Cicán.
De ahí se nutrían los "praos", la huerta y la casa de los geranios, y de ahí la familia, las vacas, los quesos y el mercado.
Los estiajes en Cantabria - no por privilegiada ausente de ellos - secan los pastos e incluso llegan a poner en peligro la cabaña. Claro que pueden pasar diez años sin que se presenten, pero tal vez esa condición extraordinaria suele provocar más daño, pues la gente anda no prevenida.
Cicán sabía que podía dormir tranquilo, porque, si se secaba el manantial, él tenía su "pantanuco". Y, por muchos años de experiencia suya y de sus padres, sabía que "hasta Navidad y, porqué no, hasta Pascua" podía aguantar regando los pastos y la huerta, sirviendo a la casa y a las vacas con el agua de "su" lago.Una vez no fue la atípica sequía la que secó el arroyo. Unos "hombres de ciudad" con botucas y "cascos como de mineros" anduvieron varias semanas por la parte alta de los bosques de Ucieda. A Cicán, le contaron que eran ingenieros del Gobierno Regional; que iban a preparar un Parque para "proteger la naturaleza" y "ponerla al alcance de los ciudadanos". En principio, a Cicán le pareció bien eso de "proteger", pues, al fin y a la postre, era lo suyo de siempre. Y tampoco le sonó mal lo de "los ciudadanos", pues, cuando algunos venían los sábados y los domingos, le parecían ingenuos, con bastante cara de bobos, pero simpáticos y, siempre, le compraban quesos.
Después de los ingenieros de las "botucas", vinieron cuadrillas de otros hombres, casi todos con cascos, pero con menos "botucas", y camiones, y tractores de esos que parecen tanques de la guerra, y empezaron a abrir grandes heridas en el bosque, explanaron caminos y pistas, abatieron árboles, aplastaron trochas, y, entre otras labores de "protección de la naturaleza", cegaron el manantial y destruyeron el arroyo.
Cicán anduvo indignado de la Ceca a la Meca para parar tanto despropósito. Un día llegó a ir a la Capital, Santander, donde no había estado desde que casó con Altaluca. Y se plantó ante el Parlamento Regional durante dos días y dos noches."De aquí no me muevo, dijo a una periodista, hasta que marchen de Ucieda los de las botucas".
Y, como la periodista no entendía nada, añadió,
"Sí, ésos que dicen que oyen un "eco lógico", que no sé que es, pero yo nunca lo oí".
Sorprendida, pero sin enterarse, la del periódico pidió más aclaraciones y Cicán acabó contundente,
"¡Coño hija! Los que se me cargan el bosque y la fuentuca! ¿Pues, no puedes ir a Ucieda y lo ves?"Al fin, se enteró. La prensa y hasta la televisión dieron noticia. Se armó revuelo. En el Parlamento, la oposición se "puso muy tiesa", explicaba Cicán meses después y, al fin, se fueron los de las botucas, no sin antes abrir el manantial, reparar el curso del arroyo y permitir que el agua llegara de nuevo a los "praos" y, sobre todo, al "pantanuco".
Pero, lo importante, para Cicán, Altaluca y su familia, es que el lago, aunque casi exhausto, había seguido regando los pastos y la huerta, y nunca faltó agua a la casa.
Cuando todo pasó, una tarde, poniéndose temprano el sol en las montañas que cierran el occidente del valle, allá por donde arranca la carretera de Carmona, Cicán enseñándole con la mano a Altaluca los castaños y los robles de Ucieda, le dijo,"Alta, - casi siempre le llamaba Alta, por andar más corto y por cariño -, ¡qué grande es nuestro pantanuco! ¡No será el del Ebro, pero, para nosotros, el mejor!.
Gerardo Salvador
Moraleja: Otro día la explicamos con más tiento y disciplina, pero hoy baste saber que "el manantial" está constituido por todos los Fondos de Bolsa y el "lago" por todos los Fondos de Renta Fija. Sin manantial, no hay lago. Pero, sin lago, nos podemos quedar sin agua.
(1) carro: medida de superficie rural en Cantabria